sábado 19 de marzo de 2011

Zapatillas de marca que marcan

A veces me he preguntado cómo puede ser que en plena pre-adolescencia noventera, es decir, la que me tocó vivir a mí con 10-12 años, los niños que tenían mi edad sufrieran tan fuerte marquitis por chorradas como la ropa y calzado. No había internet, y la tele tampoco es que hiciese su efecto, por lo tanto creo que el medio de difusión debería ser esa extraña red de información intercolegial que tantos mitos y leyendas ha hecho circular entre colegios, y pueblos en general, de toda la geografía hispana.


En esa época es cuando empezaron a salir esas zapatillas de bajo presupuesto que, no contentos con vender sus productos a precios más populares, decidieron adornarlos (quizá presuponiendo el éxito que tendrían, cuando era justo lo contrario) con nombres que imitaban a las marcas punteras, al estilo chino. Me parece que las más famosas, por llamarlo de alguna manera, fueron las de la marca Rockdock, que sonaba a clara y burda imitación de Reebook, y hasta las cajas tenían la banderita inglesa. Yo tuve, atención, unas Roobek, que tuvieron un trágico final prematuro cuando una de ellas se me enganchó en los radios de la rueda de mi bici y se abrió de cuajo, salvando eso sí mi pie, que no sufrió daños. Y por menos de dos mil pesetillas.


Divinas de la muerte para salir a abanicarse al balcón


Los niños de la época soñaban con esas zapatillas de marca y despreciaban a las de baratillo. Yo, que he sido pragmático toda mi vida, veía totalmente lógico que mis señores padres me calzaran zapatillas de mil y pico pesetas, que por ese precio podía tener varios pares y además dolía menos cuando acababan destrozados o teñidos de suciedad por un servidor, que se pasó toda esa etapa arriba y abajo con la bicicleta y campeando por la huerta de regadío valenciana, con sus acequias, sus hierbajos pegajosos y su barro por todos lados. De hecho, yo si fuese padre ahora mismo y tuviese un hijo tal y como yo fui, no me gastaba cien euros en ningún modelito de ropa o calzado para que acabase con la suela lijada de frenar con el pie o desgarrado por alguna zarza.


Me acuerdo también que por aquel entonces estaban muy de moda las Nike Air Max, y modelos de baratillo que simulaban tener cámaras de aire en la suela había a capazos. El caso es que el plástico de las ventanitas de las pretendidas cámaras de aire era demasiado rígido y acababa quebrándose y cayéndose a trozos con el tiempo, una ruina. Menos mal que en mis últimos años ya llegaron a mí un par de Paredes, las zapatillas patrias por excelencia y que resisten condiciones extremas, como lo es precisamente tener a un niño como propietario.


Detonante de infarto para padres abnegados


Tan lejos llegaba la fiebre esa de los críos por darle importancia a las marcas, que cuando llevaban ellos algunas zapatillas de baratillo tenían que justificar de algún modo que eran buenas. Recuerdo un caso particular muy curioso: se trataba de las Alpe, una marca que surgió a mediados de los 90 (que seguramente ya ni existe) cuya ridiculez residía en que el logotipo que llevaban era un garabato mal hecho que imitaba visiblemente el logo de Reebok. Las zapatillas en sí tenían pinta de ser un cruce entre deportiva (o bambas, o playeras, como sea que les llamen ustedes) y calzado de trekking, de esas de color marrón y suela negra (si es para hacer senderismo de montaña ha de ser marrón, no puede ser de otro color). La frase oída fue “pues las Alpe son bastante buenas”, y curiosamente no lo dijo el dueño de las susodichas, sino otro compañero. Compañero al que posiblemente le habían dicho en casa que una mierda le iban a regalar unas zapatillas de 15.000 pesetas y se convenció a sí mismo que por ¼ de ese precio no perdería la dignidad.


Que conste que yo también he hecho comentarios jocosos sobre las zapatillas de algún compañero. Concretamente recuerdo a uno que llevaba unas Kelme Skateboard o algo así, que eran negras y verde fosforito, con los cordones de ése mismo color. Continuamente le decía a su dueño si no tenía otro calzado menos hortera por casa, ya que en los últimos años noventa la vistosidad de los ochenta se había diluido del todo -ya no se llevaban ni aquellos chándals sintéticos de colorines metalizados que tan orgulloso porté en mi infancia- y dolía a la vista esa combinación de colores. Nada, pues el tío las llevaba día sí y día también, todo un alarde de colorismo pop.


Me apetecía sugerir que incluso él ha triunfado


¿Qué puede generar este fenómeno cuando el chavalín se convierte en un protoadulto? Pues que se conviertan en uno de esos que a la mínima que palpan algo de dinerito se compran un BMW o un Audi (nunca un Mercedes, que es más de señores mayores) con el carnet de conducir aún oliendo a nuevo, y que o bien lo piñan a la primera de cambio o bien lo acaban malvendiendo cuando descubren que el cacharro se come un gran porcentaje de su sueldo. Por supuesto, los padres orgullosos del niño, al que gracias a regalarle las Nike que costaban el jornal de una semana, han visto convertirse en un triunfador que se puede permitir un coche de 40.000 euros antes de cumplir los 20.


O peor aún, le compras unas zapatillas a tu hijo y se convierte en el cantante de El Canto del Loco, aquel que cantaba aquello de que con zapatillas no le dejaban entrar a un garito. ¿Serían zapatillas de esas de andar por casa, pantunflas de toda la vida de esas de colores pardos a cuadros? No lo sabemos ni lo queremos saber.

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